March 4, 2003 draft, received May 21 LMH, edited by James Roth 7-15-2003.
Under Construction
La Redención
1. La gracia de Dios vence el pecado
Escrito por Leland M. Haines
Goshen, IN, USA
Versión española de Richard del Cristo
Copyright 2003 by Leland M. Haines, Goshen, IN 46526
All rights reserved
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El Problema del Pecado
En Génesis, primer libro de la Biblia, se nos cuenta la historia de
la creación y la caída de la raza humana. Allí
se nos dice que, “... dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen,
conforme a nuestra semejanza; y señoree … sobre la tierra. Y creó
Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón
y hembra los creó (Gn. 1:26,27). Las palabras “imagen” y “semejanza”
no tienen, necesariamente, distintos significados. En la hebrea repetición
es muchas veces usada para clarificar o expandir el significado de aquello
a lo cual se refiere.
El hecho de que el hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios no
quiere decir que sea una copia exacta de Su Hacedor. Esto lo sabemos porque:
“Jehová, Dios formó al hombre del polvo de la tierra” (2:7).
Los hombres fueron creados “a la semejanza de Dios.” (Stg.3:9). El hombre
fue hecho, de manera marcada, diferente a las demás criaturas, porque
Dios: “... sopló en su nariz (la del hombre) aliento de vida, y fue
el hombre un ser viviente” (Gn.2:7).
Esto le dio al hombre una naturaleza y lugar especiales en la creación.
(Gn.1.26-28; 5:1; 9:6; I Co. 11:7; Stg. 3:9). Siendo que el hombre es creado
a imagen y semejanza de Dios, y que tiene un alma, podemos concluir
que este ser está dotado de una naturaleza espiritual, un intelecto
único y el poder de razonar. Y Así como Dios es justo (Sal.
7:9; 11:7;116:5; Jn. 17:25; II Ti. 4:8; I Jn. 2:1) y santo (Ex. 15:11; Lev.
19:2; 20:26; 21:8; Jos. 24:19; Sal. 99:9; 145:21; Is. 6:3; Ef. 4:24; I P.
1.16; Ap. 4:8; 6:10; 15:4; et. al.), el primer hombre y la primera mujer
vivieron en un ambiente perfecto y libre del conocimiento del mal. Ellos
entendían la voluntad de Dios y tenían una disposición
natural para hacerla. Así como Dios es moral y aprueba lo bueno y
odia lo malo (Dt. 16:22; Sal.5:5; 11:5; Is. 1:14), de igual modo, el hombre
es un ser moral capaz de escoger entre las opciones de moralidad.
El hombre no fue creado como un títere. De manera que para que el
libre albedrío del ser humano tuviera sentido, Dios le dio el derecho
a escoger entre el bien y el mal, en el huerto del Edén. Allá
el hombre podía vivir por unafe sencilla en la palabra de Dios, la
cual consistía en no comer del “árbol de la ciencia del bien
y del mal” (Gn.2:17). Esta opción nos da a entender que ya el mal
existía en el mundo, pero que el hombre, por naturaleza, no tenía
conocimiento de ello. Y que Satanás, un ángel caído
por su orgullo, retó a la mujer a que reconsiderara el mandamiento
de Dios. Al hacerlo, ella notó que era un “árbol bueno para
comer” (Gn. 3:6), y siendo agradable a los ojos, y al tener la promesa de
alcanzar sabiduría, ella, “... tomó de su fruto y comió”.
Ella compartió del mismo fruto con su esposo, el cual también
comió. Y, por dudar de la palabra de Dios, el hombre escogió
desobedecerle (Gn. 2-3).
La desobediencia del hombre a la palabra de Dios resultó en su caída.
Así él llegó a ser pecador y a recibir una naturaleza
depravada (Gn. 6.5; Ro. 5.12, 14, 18, 19; I Co. 15.21-22; I Ti. 6:5). Una
de las repentinas consecuencias de la Caída, fue la separación
del hombre de Dios (Sal. 5:4; Is. 59:2; Hab. 1:13; Ro. 8:7,8). Dios es santo
por naturaleza (el más mencionado de todos los atributos de Dios),
y, por lo tanto, Él no tolera pecado. El pecado produjo una brecha
entre nuestro santísimo Dios y el hombre pecaminoso y caído.
El Amor de Dios
Siendo que Dios es un Dios de amor, Él proveyó el camino a
la redención. Después del primer pecado del hombre, Dios prometió
que la Simiente de la mujer aplastaría el poder de Satán, haciendo
así posible la restauración de la relación entre Dios
y el hombre (Gn. 3:15). Para hacerlo, Dios escogió a Abraham y a sus
descendientes para preparar al hombre para la venida del Redentor, Jesucristo.
Después de lo que sucedió en Caldea, Dios hizo un convenio
con Abraham (Ge. 15:7-17). Al pasar por la sangre, por entre los cuerpos
muertos y sangrientos de los animales, ambas personas prometieron guardar
sus promesas. Y de no hacerlo, al que no cumpliera le costaría su
sangre. Este convenio entre Dios y Abraham fue hecho cuando se vio una “vasija
con fuego humeando” con brasas encendidas (Gen. 15:17; 19:28; Ex. 19:18;
Heb. 12:29), y una “antorcha de fuego” (Ge. 15:17; Ex. 3:2-4; II S. 21:17;
22:7,9,29; I R.11:36; 15:4; Sal. 27:1; 132:17; Is. 62:1) que pasó
por entre los animales divididos.
La vasija con fuego humeando representaba a Dios, y la antorcha encendida
a Jesucristo, la luz del mundo. Entonces, Dios hizo la función de
ambos grupos en el pacto. Si Abraham se hubiera representado a sí
mismo, y luego sus descendientes hubieran violado el pacto, les habría
costado la sangre de ellos. Pero, Dios, al representar ambos lados, sólo
costaría la sangre (es decir, vida) de Su Hijo, si los descendientes
de Abraham fallaran. Y como veremos más adelante, al Hijo le costó
Su sangre (Mr. 14:24; Lc. 22:20; Jn. 6:53-56; 19:34; etc.).
Al principio de su evangelio, Juan escribe: “Y aquel Verbo [Jesús]
fue hecho carne, y habitó entre nosotros ... lleno de gracia y de
verdad. ... de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la
ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron
por medio de Jesucristo” (Jn. 1:14,16,17). Y aunque los Judíos eran
el Pueblo Escogido, a través de su historia ellos entendieron que
lo único que ellos podían hacer era vacilar entre el bien y
el mal. Ellos necesitaban algo que sobrepasara a la ley para poder llegar
a ser buenos; ellos necesitaban una nueva naturaleza. “Cuando vino el cumplimiento
del tiempo”, Dios envió a Su Hijo como el Hombre perfecto, para redimir
al hombre caído (Gál. 4:4). Cuando Jesús tenía
unos treinta años, Él comenzó Su ministerio para establecer
un nuevo camino para que Dios tratara con el hombre. Por Su muerte Él
llegó a ser “... el Mediador de un nuevo pacto” (Heb. 12:24; 8:8,13;
Lc. 16:16; Ro. 10:4), “... lleno de gracia y verdad” (Jn. 1:17; I P. 1:10;
II Tim. 2:1).
Ahora veamos las enseñanzas de Jesús de modo más detallado:
Jesús Enseñó Sobre el Arrepentimiento
Al principio de Su ministerio, Jesús predicó: “Arrepentíos,
porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 4:17), y: “ ... el reino
de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio” (Mr.
1:15). Luego, al responder a los fariseos, Él dijo: “Los que están
sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido
a llamar justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc. 5:31,32; Mt. 9:12,13;
Mr. 2:17). Cuando a Jesús le preguntaron que si los galileos que habían
sufrido bajo la mano de Pilato “eran más pecadores que todos los galileos”,
Él les respondió: “Os digo: No; antes, si no os arrepentís,
todos pereceréis igualmente (Lc. 13:2,3).
En respuesta a la acusación que los fariseos le hicieron a Jesús
-de comer con los pecadores- Él les dijo “que así habrá
más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa
y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lc. 15:7). Él
les dijo que “Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio
con esta generación, y la condenarán; porque a la predicación
de Jonás se arrepintieron, y he aquí más que Jonás
en este lugar” (Mt. 12:41; Lc. 11:32). Jesús advirtió las ciudades
donde había hecho “muchos milagros”, diciendo: “¡Ay de ti Corazín!
¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran
hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran
arrepentido en cilicio y en ceniza” (Mt. 11:21; Lc. 10:13).
En una parábola, Jesús habló de dos hijos a los que
su padre les había pedido que trabajasen en una viña. Uno respondió:
“No quiero; pero después, arrepentido, fue (Mt. 21:29). El otro hijo
dijo que iría, pero no fue. Lo que en verdad valía no era la
promesa de ir a trabajar, sino, más bien, el hacer el trabajo.
El arrepentimiento produce un cambio de mente y conducta. Esta parábola
fue dirigida a los principales sacerdotes y a los ancianos como una advertencia
de que los gentiles estaban alcanzando la salvación mientras ellos
la rechazaban. A la vez, muestra la naturaleza general del arrepentimiento.
Esta parábola confirma lo que Juan el Bautista le dijo a las multitudes:
“Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Lc. 3:8; Mt. 3:8). La palabra
“fruto” es una terminología pintoresca que se refiere a las buenas
obras, es decir, obedecer la voluntad de Dios. Así como los frutos
son producto de un árbol frutal, las buenas obras son los resultados
naturales del arrepentimiento. Juan le dijo a sus oyentes: “... todo árbol
que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego” (v.9).
En resumen, el arrepentimiento incluye tanto un cambio de pensar en Jesucristo
como también el obedecer Sus mandamientos.
Jesús Predicó Sobre Creer en Él
Jesucristo predicó: “Creed en el evangelio” (Mr. 1:15). Las siguientes
Escrituras nos muestran que Jesús eslaboneó la vida eterna
con la fe y el creer. Cuando bajaron al paralítico por el techo para
que fuese sanado, y “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico:
Hijo, tus pecados te son perdonados” (2:5; Lc. 5:20). En la parábola
del sembrador, Jesús explicó que la semilla, -la Palabra de
Dios- que cayó junto al camino fue hollada, porque el diablo quitó
“de su corazón la palabra, para que no crean y se salven” (Lc. 8:12).
Jesús le dijo a Sus discípulos que le dijeran a la gente que
“El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Mr. 16:16).
Jesús le dijo a Nicodemo que era “... para que todo aquel que en él
[en Cristo, el Hijo del Hombre] cree no se pierda mas tenga vida eterna”
(Jn. 3:15-18).Él le dijo a los judíos, “El que oye mi palabra,
y cree al que me envió, tiene vida eterna” (5:24). En Su discurso
sobre el pan de vida, Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene
vida eterna” (6:47). En la fiesta de la Dedicación, algunos judíos
le preguntaron a Jesús que si Él era el Cristo. Él les
respondió: “Os lo he dicho, y no creéis; ..., pero vosotros
no creéis, porque no sóis de mis ovejas” (10:25,26). Y entonces,
les explicó: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,
y yo les doy vida eterna” (vv. 27,28).
Después de la muerte de Lázaro, Jesús le dijo a Marta:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque
esté muerto, vivirá” (11:25; v. 26). Jesús le dijo a
dos de sus discípulos: “... creed en la luz [Cristo Jesús],
para que seáis hijos de luz. El que cree en mí, no cree en
mí, sino en el que me envió. Yo, la luz, he venido al mundo,
para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (12:36,44,46).
En Su última Pascua, Jesús dijo: “No se turbe vuestro corazón;
creéis en Dios, creed también en mí, .... Yo soy el
camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (14:1,6).
Estas Escrituras muestran que las enseñanzas de Cristo se basan
en la estrecha relación entre los términos: “creer” y “vida
eterna”.
Jesús Predicó Sobre el Reino de Dios
Al principio de Su ministerio, mientras pasaba por Samaria, “Jesús
vino a Galilea, predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo
se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y
creed en el evangelio” (Mr. 1:14,15; ver Mt. 4:23-25). A través de
todo Su ministerio, Jesús explicó qué requiere Dios
del hombre. Su mensaje central era la predicación del reino de Dios.
Los judíos sabían que Dios deseaba reinar sobre Su pueblo,
sin embargo, ellos pensaban que Dios se refería a una soberanía
política. Ellos no entendieron la naturaleza espiritual del reino,
lo cual significa que Dios reina en los corazones de aquellos que por gracia
siguen al Mesías.
Desde el principio de Su ministerio, Jesús enseñó sobre
el significado del reino. En el Padrenuesto, Jesús les enseñó
a Sus discípulos a orar: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad,
como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6:10; Lc.
11:2). Esto refleja las enseñanzas de Cristo (y de Juan) desde el
principio de Su ministerio, de que, “el reino de los cielos se ha acercado”
(Mt. 4:17; 3:2). Esta es la petición de que el Reino de Dios viniera
a la tierra en esos lugares donde la voluntad de Dios sería hecha.
Lo ya dicho, es la manera en la que Dios definió al reino de los cielos.
Él usó parábolas (historias pintorescas de la vida)
para luego enseñar cómo es el reino. Es como semilla esparcida
que puede ser arrebatada, obstruída por las malas hierbas, o que puede
crecer hasta madurar para producir cosecha (Mt. 13:3-9, 18-30, 36-43; Mr.
4:3-20; Lc. 8:4-15). El reino de Dios coexiste con el mal y con el malvado,
el diablo.
El reino, como un grano de mostaza (Mt. 13:31,32; Mr. 4:30-32) y como la
levadura, crece de algo pequeño hasta que llega a ser algo grande
en todo el mundo (Mt.13:33; Lc.13:20,21). Es, también, como un tesoro
escondido en un campo (Mt.13:44) y como una perla de gran precio (v.45),
merecedora de todo el esfuerzo que se pueda hacer para obtenerla. Esto no
implica que la entrada al reino se pueda ganar, sino que el que busca entrar
debe arrepentirse, creer, y por gracia seguir a Jesús sin reservas.
El reino es como una red de pesca que atrapa peces buenos y malos, y, al
final, los peces malos son lanzados afuera (vv. 47-50). Sólo al final
los santos seguidores de Cristo y los impíos serán separados.
En resumen, el reino de los cielos existirá con el mal, pero el “...
Señor, santo y verdadero, ...” hará justicia (Ap. 6:10; I Ti.
6:15; Hch. 4:24). En ese tiempo, los hijos del Rey vivirán en un reino
glorioso, separado de todo mal.
Jesús Predicó Sobre el Nuevo Nacimiento
La gracia comisionadora de Dios y la obra del Espíritu Santo produjeron
el “nuevo nacimiento”. Este cambio radical en hombres y mujeres los capacita
para que se sometan a Su Rey y para que hagan Su voluntad. Cuando Nicodemo,
un principal entre los judíos, vino a Jesús, le dijo: “...,
sabemos que has venido de Dios como maestro” (Jn. 3:2). En seguida, Jesús
le respondió con una declaración profunda: “el que no naciere
de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (v. 3). La terminología griega
que se traduce “nacer de nuevo” lleva el significado de “nacer de arriba.”
No hay dudas de que tal declaración proviene de Dios. Nicodemo, totalmente
confundido, le preguntó a Jesús: “... ¿Cómo puede
un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez
en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: ..., el
que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino
de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu,
espíritu es” (v.6).
Jesús prosiguió diciéndole a Nicodemo que no se maravillara
de que le había dicho: “Os es necesario nacer de nuevo. El viento
sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene,
ni a dónde va; así es todo aquél que es nacido del Espíritu”
(Jn. 3:7,8; Gá. 4:29; I P. 1:23; Tit. 3:5). El “nacer de nuevo” es
un misterio, al igual que el viento mismo es un misterio. Milagrosamente,
el Espíritu Santo opera en el alma, impactando la voluntad, deseos
y valores de las personas, y dándole a sus vidas una nueva dirección.
La persona cambia su inclinación natural -la cual se rebela en contra
de Dios- por un ardiente deseo de obedecer a Dios.
La mente humana no puede entender cómo sucede esto, ni qué
combinación hay de la operación del Espíritu, la verdad
y el intelecto. Sin embargo, entendemos que el resultado de todo esto produce
un efecto claramente visible en la vida de cada individuo. Jesús también
dijo que: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha;
las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn.
6:63; II Cor. 3:6). El Espíritu Santo y la Palabra producen el nacimiento
de un nuevo hombre espiritual en el creyente. Los resultados del nuevo
nacimiento los podemos ver en la parábola del sembrador. Parte de
la semilla “calló en buena tierra, y dio fruto, cual a ciento, cual
a sesenta, y cual a treinta por uno” (Mt. 13:8). Jesús explicó
que, “el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende
la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno”
(v. 23). Los que escuchan el evangelio y lo entienden, pueden experimentar
un nuevo nacimiento capaz de inducirlos a producir buenos frutos -hacer la
voluntad de Dios.
Los hombres deben experimentar un cambio radical. Esto lo notamos en la declaración
que hizo Jesús de que “... si no os volvéis y os hacéis
como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 18:3).
Uno debe convertirse ( griego: “dar la vuelta”) y ser como niños,
es decir, humillarse (v.4), estar dispuesto a aprender. Tal persona, al igual
que los niños, se alimentará de la Palabra y crecerá
en las enseñanzas bíblicas (I P. 2:2).
Jesús Predicó Sobre el Discipulado
A través de todo Su ministerio, Jesús invitó a los hombres
a que fueran Sus discípulos. Un discípulo es un principiante,
un estudiante, un seguidor, un aprendiz, un prosélito, etc. Los cuatro
evangelios contienen muchas enseñanzas tocante al discipulado.
Cuando Cristo le dijo a Pedro: “Venid en pos de mí, y os haré
pescadores de hombres”, hubo acción: “Ellos, entonces, dejando al
instante las redes, le siguieron.” Luego, Jesús vio a dos hermanos,
Santiago y Juan, remendando redes y a quienes también llamó.
“Y ellos, dejando al instante a su barca y a su padre, le siguieron” (Mt.
4:19-22; Mr. 1:16-20; Jn. 1:43). El verbo en griego, usado aquí para
“seguir”, significa: “ser un seguidor de Cristo para toda la vida”. Jesús
usó este término muchas veces (ver Mt. 8:22; 9:9; 10:38; 16:24;
19:21,28; Mr. 2:14; 8:34; 10:21; Lc. 5:11; 9:23,59-62; 18:22; Jn. 10:4,27;
12:26; 21:19,22; I P. 2:21).
Mateo demuestra qué tipo de respuesta buscaba Jesús. Siendo
un cobrador de tributos, él estaba sentado en su negocio cuando Jesús
le dijo: “Sígueme, y se levantó y le siguió” (Mt. 9:9;
Mr.2:14; Lc. 5:27,28). Mateo, uno de los “publicanos y pecadores” (Mt. 9:11),
se arrepintió, cambió de vida, y se volvió un fiel discípulo.
El llamado a seguir resultó en una respuesta voluntaria y en una acción
inmediata.
Mateo escribió que, después del Sermón del Monte, grandes
multitudes siguieron a Jesús. Después, para apartarse de ellos,
Él decidió cruzar al otro lado del mar de Galilea. Dos vinieron
a Él diciéndole que le seguirían (Mt. 8:18-22). En su
sección especial (9:51-18:14), Lucas escribió que cuando no
quisieron recibir a Jesús en una aldea samaritana, ellos se dirigieron
hacia Jerusalén. Y Lucas sigue diciendo que mientras ellos viajaban,
tres decidieron seguirle (Lc. 9:57-62). Y, aunque este no fuera el mismo
acontecimiento, los primeros dos hombres de ambos evangelios hicieron declaraciones
similares.
Cuando la primera persona se acercó a Jesús, en seguida dijo:
“Señor, te seguiré a donde quiera que vayas” (Lc. 9:57; Mt.
8:19). Lucas identifica a esta persona simplemente como a un hombre, pero
Mateo dice que él era un escriba. Entonces, él debió
haber sido una persona muy letrada, y, de seguro, sabia algo sobre las enseñanzas
de Cristo. La introducción de Mateo sobre la segunda persona, “Otro
de sus discípulos”, indica que él era un discípulo.
Su rápida disposición pudo haber sido una respuesta impulsiva
debido a que conocía a Jesús. La respuesta de Jesús
fue que considerara el costo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de
los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la
cabeza” (Lc. 9:58; Mt. 8:20). Jesús no tenía hogar, y esto
debió haber contribuido al hecho de que Él era “varón
de dolores”. El seguirlo costaría, y todo hombre debe pensarlo bien
antes de hacerlo.
El segundo hombre, identificado por Mateo como un discípulo
(Mt. 8:21), aceptó el llamado de seguir a Jesús. Pero, primero
quería hacer algo aparentemente razonable: “Señor, déjame
que primero vaya y entierre a mi padre” (Lc. 9:59). Como discípulo,
él conocía las enseñanzas de Jesús, pero, a la
vez, él pensaba que podría hacer esto primero, y seguirle más
tarde. Jesús respondió: “Deja que los muertos entierren a sus
muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios” (v. 60). Había
algo más importante para hacer. Jesús llamó a este discípulo
a servir en la predicación. Y siendo que Mateo relató esta
historia poco antes de que los setenta fuesen enviados y regresaran de predicar
(Mt. 10), sugiere que el llamado a predicar estaba tanto en la mente de Mateo
como en la de Lucas. Este servicio a Dios y a los hombres debe ser cumplido
sin dilación alguna.
Lucas escribió de una tercera persona que también pidió
una dilación: “Te seguiré, Señor; pero déjame
que me despida primero de los que están en mi casa” (Lc. 9:61). A
este aspirante a discípulo se le dijo que nada debía interferir
entre él y seguir al Señor. Y, como Jesús dijo: “Ninguno
que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el
reino de Dios” (v. 62). Aquí vemos a otro que quiere seguia Jesús,
pero, que todavía no está listo para ello. Su dilación
parece ser razonable, pero a la vez incluye el peligro de que sus familiares
lo influyeran en dirección opuesta (Mt. 10:37).
El discipulado es un camino difícil, y nadie debe mirar atrás
después de tomar la cruz. Después gue Jesús envio a
Sus doce discípulos a predicar: “El reino de los cielos se ha acercado”
(Mt. 10:7), y a hacer las obras que Él estaba haciendo, Él
les dio instrucciones concerniente al discipulado. Los discípulos
serían como “ovejas en medio de lobos” (v. 16), y debían esperar
oposición y persecución. Esto ilustra la regla general de que
“el discípulo no es mayor que su maestro” (v. 24). En este caso, los
discípulos podrían recibir el mismo trato que su Maestro estaba
recibiendo.
Entonces, Jesús les dijo: “No penséis que he venido para traer
paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada (Mt. 10:34). Puede
que para edificar el reino haya conflicto, y que no recibamos en seguida
la paz que esperamos. (Is. 9:2-6). Las palabras “en tierra” se refiere a
todo hombre, en general. La falta de paz es el resultado de que hay hombres
que no responden al llamado de seguir a Jesús. Y la oposición
puede ocurrir aún en sus mismas casas (Mt. 10:35,36). Luego, Jesús
explica dos principios: “El que ama a [cualquier miembro de su familia]
... más que a mí, no es digno de mí; ...; y el que no
toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (vv.
37,38).
En otro caso, cuando grandes multitudes seguían a Jesús, Él
les dio un mensaje similar. Es necesario “aborrecer” a los familiares y hasta
la misma vida de uno: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre,
y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y aun también su propia vida,
no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:26; 12:51-53). Estas parecen ser
palabras duras, pero la verdad es que Sus discípulos deben hechar
a un lado los intereses que le impidan una entrega y fidelidad absoluta a
Cristo. Este “aborrecimiento” puede ser entendido al compararlo con el amor,
ya mencionado, que Jesús pide. Los discípulos de Jesús
deben amarle a Él sobre todo lo demás, y, en primer lugar,
serle fiel y leal. Esto debe exceder a toda relación familiar y hasta
a los deseos de uno mismo.
En cierto sentido, la cruz fue la misión especial en la vida de Jesús.
Los discípulos no deben esperar el tener que tomar una cruz literal,
como la que tomó Jesús, y ser crucificados. Sin embargo, los
discípulos pueden esperar oposición y hasta la muerte. Debemos
dedicarnos a seguir la misión de Dios para nuestras vidas, y esto
incluye la obra exterior de la Gran Comisión y todo lo que incluye.
Si alguien trata de evitarlo: “El que halla su vida, la perderá; y
el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mt. 10:39).
Luego, después de decirle a Sus discípulos que debía
sufrir y ser sacrificado en Jerusalén, Jesús les dijo: “Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida,
la perderá; y todo el que pierda su vida por cause de mí, la
hallará” (Mt. 16:24,25; Mr 8:34–9:1; Lc. 9:23-27; 14:27; 17:33). El
negarse a sí mismo significa deshacerse de los deseos personales y
completamente rendirse uno mismo al Señor, aunque requiera gua uno
tuviein que tomar su propia cruz. Si alguien trata de evitar la cruz para
salvar su vida, terminará perdiendo su vida. Al estar dispuestos a
perder nuestras vidas por amor al Señor, la hallamos. Por lo tanto,
el tomar la cruz y seguir a Jesús, es algo indispensable para la redención.
No debemos permitir que nada estorbe nuestra disposición de seguir
al Señor. Jesús dijo: “Y el que no lleva su cruz y viene en
pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:27). Él
también dijo que cualquiera que quiera construír una torre,
primero debe calcular los gastos para asegurarse de que tenga suficiente
con qué terminarla, y que ningún rey iría a la guerra
sin antes pensar en la posibilidad de ganar. “Así, pues, cualquiera
de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”
(v.33). Tanto el discipulado como la salvación son asuntos muy serios
y requieren un compromiso total desde el principio y darle a todo lo
demás el segundo lugar a través de toda la vida. Cristo Jesús
debe tener el primer lugar en la vida del discípulo.
Todo aquél que le siga cambiará su manera de andar y será
libertado del pecado. Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que
me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de
la vida”. (Jn. 8:12). Algunos judíos, al escuchar esto, le interrogaron.
Y, Jesús les dijo a otros “... judíos que habían creído
en él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis
verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la
verdad os hará libres” (v. 31,32). Estos creyentes le dijeron a Jesús
que ellos eran hijos de Abraham y que no estaban en esclavitud, y le preguntaron:
“... ¿Cómo dices tú: Seréis libres?” (v. 33).
El discípulo no debe ser esclavo del pecado, sino más bien
un hijo de Dios, y fiel amante de hacer la voluntad del Padre. Esta libertad
para obedecer es la libertad verdadera.
Para ayudarnos entender el discipulado, Jesús nos dio el ejemplo de
las ovejas. Cuando “..., abre el portero, ... las ovejas oyen su voz; ...
y las ovejas le siguen, .... Mas al extraño no seguirán” (Jn.
10:3-5). Luego, Jesús explicó: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo
las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán
jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (vv. 27,28). En
Jn. 15, Jesús explica cómo el producir fruto se relaciona con
el discipulado: “... el que permanece en mí, y yo en él, éste
lleva mucho fruto; porque separados de mí, nada podéis hacer”
(v. 5). Y Él sigue explicando: “En esto es glorificado mi Padre, en
que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.
... Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así
como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”
(vv. 8-10).
Y si alguien piensa que el discipulado es una carga, Jesús dijo: “Venid
a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré
descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras
almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mt. 11:28-30).
¿Cómo se explica el que el discipulado sea fácil? La
respuesta está en que el nuevo nacimiento cambia la naturaleza interior
del discípulo, de modo que él se place en hacer la voluntad
de Dios, por lo tanto él no siente carga alguna, sino que halla justicia,
paz, y gozo (Jn. 14:27; 16:33; Ro. 14:17; 15:13; Gá. 5:22). El cambio
interior quita la carga, aunque el discípulo tenga que sufrir por
la causa de Cristo (Mt. 10:16-25; Lc. 10:3; 21:5-19; Ro. 8:17; Fil. 1:29,30;
3:10; II Ti. 2:12; I P. 4:12-14; 5:10).
El camino del discípulado es estrecho y difícil, muy diferente
a lo que muchos piensan del cristianismo. En el Sermón del Monte,
Jesús dijo: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta
y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que
entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva
a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt. 7:13,14; Lc. 13:23-24). El
discipulado ni es una carga ni un camino ancho, sino más bien, el
camino que lleva a la vida eterna.
Jesucristo: El único Camino
Jesucristo predicó que Él es el único camino a la vida
eterna. Él también dijo que la voluntad de Dios es que “… todo
aquél que ve al Hijo, y cree en él [en Jesús], tenga
vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Jn. 6:40,47).
Él, también dijo: “… Yo soy la luz del mundo; el que me sigue,
no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”
(8:12; 9:5; 12:35,36). En respuesta a una pregunta, Jesús le dijo
a Tomás: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre,
sino por mí” (14:5). Y, como ya dijimos, Jesús le dijo a los
judíos que habían creído en Él: “Si vosotros
permanecéis en mi palabra, … conoceréis la verdad y la verdad
os hará libres” (8:31,32,34-36). Jesús prometió que
“…, el que guarda mi palabra, nunca verá muerte” (v. 51). Estas enseñanzas
no dejan duda de que sólamente hay un camino.
Todo aquél que busca la vida eterna debe entrar por la Puerta. Jesús
usó esta metáfora para describir el propósito de Su
existencia. “… El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino
que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Mas
el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es” (Jn. 10:1,2). El
redil era un cercado con una sola puerta de entrada; Jesús entró
para que otros pudieran tener vida. Esta Puerta es un símbolo de Jesús.
Él dijo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será
salvo; … yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. … Por eso
me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar” (vv. 9-11,17;
ver 15). En el reino, Jesús es la única puerta, puesto que
Él fue quien dio Su vida para que los que se arrepientan puedan ser
salvos.
Ya hemos dicho que Jesús dijo: “… Yo soy la resurrección y
la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá”
(Jn. 11:25). Siendo que Jesús es la fuente de la vida y la resurrección
de los muertos, fuera de Él no existe ni vida ni resurreción.
Sólo los que creen en Él podrán obtener la victoria
sobre la muerte.
Jesús claramente dijo que el escucharle trae consecuencias eternas.
También afirmó que Él vino: “… a salvar al mundo. El
que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene queien le juzgue; la palabra
que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Jn. 12:47,48).
El propósito de la misión de Jesús es salvar al pecador,
pero si el pecador le rechaza, no hay otra manera de obtener vida eterna.
El pecador será juzgado por lo que él rechace -la palabra que
Jesús ha predicado. El juicio se efectuará en base a la autoridad
de Dios. Él le dio a Jesús el poder de perdonar pecados, como
Jesús lo testificó al principio de Su ministerio (Mr. 2:10;
Lc. 7:48).
Pedro le dijo a los ancianos y a los gobernantes que Cristo Jesús,
a quienes ellos habían crucificado, y a quien Dios había levantado,
era la principal piedra del ángulo, y que “... en ningún otro
hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los
hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12). No hay otro nombre, es decir,
no hay nadie más que pueda salvarlos. Si alguien quiere ser librado
de sus pecados, debe acudir a Jesús por ayuda.
El Señorío de Cristo
El discipulado incluye someterse al señorío de Jesucristo.
Hoy día, el uso del término “señor” es común
y popular, pero, en el Sermón del Monte, Jesús señala
algunos aspectos que son muy poco entendidos. “No todo el que me dice: Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace
la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7:21). Y a aquellos
que se mofan en decir que han hecho muchas cosas en Su nombre les dirá:
“… Nunca os conocí; apartáos de mí, hacedores de maldad”
(v. 23). Jesús hizo una pregunta que
muchos deben contestar hoy: “¿Por qué me llamáis, Señor,
Señor, y no hacéis lo que yo os digo?” (Lc. 6:46).
Después de esta pregunta, Él dijo una parábola sobre
la importancia de obedecer la Palabra de Dios. Él dijo: “Todo aquél
que viene a mí, y oye mis palabras, y las hace, …. Semejante es a
un hombre que al edificar una casa , cavó y ahondó y puso el
fundamento sobre la roca”. Cuando subieron los ríos, su casa pudo
resistirlos. “Mas, el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que
edificó su casa sobre arena (i.e. “tierra,” Mat. 7:26). Cuando el
río dio con ímpetu contra ella, grande fue su ruina (Lc. 6:47-49;
Mt. 7:24-27). En Judea, en el único lugar que se puede hallar arena
es en un “wadi”, un lecho de río seco. Los que escucharon a Jesús
sabían que uno nunca debe construír en tal lugar, puesto que,
en cualquier momento, un torrente de agua podría invadir el lecho
seco, y llevarse todo lo que encuentre. Con tales advertencias, no hay manera
de traerle a Jesús excusas por no seguir Sus enseñanzas. Sólo
los que siguen las enseñanzas de Jesús tienen un firme cimiento
y la seguridad de vida eterna.
Juan el Bautista predicó: “Enderezad el camino del Señor” (Jn.
1:23). Jesús aplicó el término Señor para Sí
mismo cuando le dijo a Sus discípulos que dijeran: “… el Señor
lo necesita” (Mt. 21:3; 12:8; Mr. 11:3; Lc. 19:31). Los discípulos
usaron el término como otro nombre para Jesús (Mt. 8:25; 14:28,30;
16:22; 17:4; 18:21). Varias de las formas de la palabra griega Kurios, traducida
como “Señor”, también se aplicaban a Dios. Queda claro que
Jesús es el Señor y que debemos tomar Su señorío
en serio.
Sus Excelentes Obras
La obras y las enseñanzas de Jesús no son algo que recibimos
a “fe ciega”. Las Escrituras nos testifican de los muchos casos en los que
hizo Jesús grandes milagros, como prueba de que Dios Lo envió.
Por ejemplo, Mateo hace referencia a diez sanidades específicas, y
un caso de poder mayor que las fuerzas naturales en los capítulos
8 y 9 de su evangelio: Jesús sanó al leproso (Mt. 8:2-4); al
siervo paralizado del centurión (vv. 5-13); a la suegra de Pedro,
la sanó de una fiebre (vv. 14, 15); sacó varios demonios de
muchos (v. 16); calmó la tempestad (vv. 23-27); sanó a dos
endemoniados (vv. 28-34); sanó a un paralítico (9:2-8);
sanó a una mujer de un flujo de sangre (v. 20); resucitó a
la hija de un principal (vv. 24,25); sanó a dos ciegos (vv. 27-30);
y sanó al mudo endemoniado (vv. 32-34).
Estos sólo son unos pocos de los milagros que los evangelios mencionan.
Específicamente, los evangelios detallan unos treinta y cinco milagros,
y, brevemente, mencionan muchos otros. Es como Juan escribió: “Hizo,
además, Jesús muchas otras señales en presencia de sus
discípulos, las cuales no están escritas en este libro” (Jn.20:30).
Algunas de ellas se hallan en los otros tres evangelios, pero la mayoría
no están escritas. Y, como Juan escribió: “... hay también
muchas otras cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una
por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían
de escribir”(21:25). Al pensar que los evangelios sólo mencionan una
pequeña fracción de los, aproximadamente, sesenta días
de los tres años del ministerio de Jesús (apenas el 5 por ciento
de esos días), y que muchos libros se han escrito sobre este ministerio,
es claro que muchos otros libros han sido escritos con referencia a este
ministerio, y es claro que se podría escribir muchos libros más
sobre los otros milagros y sobre el resto de Su vida y ministerio.
Estas obras dan testimonio de Jesús y le dieron gran fama (Mt. 9:8,26,31,33),
y muchísimos terminaron creyendo en Él (Jn. 2:11,23; 3:2; 6:2,14;
7:31; 9:16, 31-33; 12:18). Aunque Jesús hizo muchos milagros, esto
no era la razón principal de Su ministerio. De hecho, Él con
frecuencia trató de evitar que la gente le prestara mucha atención
a ellos, al pedirle a las personas sanadas que no se lo dijeran a otros (Mt.
8:4; Mr. 3:12; 5:43; 7:36; 8:26,30; 9:9). En cada milagro Él incluía
una lección espiritual, para que los hombres miraran más allá
de lo milagroso. El principal ministerio de Jesús era espiritual.
Él hizo milagros para apoyar este ministerio, no para estorbarlo.
Las soluciones a los problemas físicos no deben impedir la solución
a la raíz del problema del hombre, a saber, su problema espiritual.
Hay un testimonio mayor que el que ya hemos notado arriba. La Biblia nos
enseña que Jesús vino al mundo para redimir al hombre a través
de Su muerte y resurrección. Su resurrección es la principal
prueba de Su posisión mesiánica. Como Pablo escribiód:
Él “... fue declarado Hijo de Dios ..., por la [Su] resurrección
de entre los muertos” (Ro. 1:4). Luego, hablaremos de la resurrección
de Jesús.
¡SOLI DEO GLORIA!
Leland M. Haines
Richard del Cristo
English draft: (29-4-03)

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