March 4, 2003 draft, received May 21 LMH, edited by James Roth 7-15-2003.
Under Construction
La Redención
5. Jesús instruye a través de Sus apóstoles
Escrito por Leland M. Haines
Goshen, IN, USA
Versión española de Richard del Cristo
Copyright 2003 by Leland M. Haines, Goshen, IN 46526
All rights reserved
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En el primer capítulo de este libro, tratamos de que, en los evangelios,
Jesús enseñó tocante al reino de Dios, el arrepentimiento,
la fe, el nuevo nacimiento, el discipulado, etc. Y siendo que muchos no entienden
todo lo que verdaderamente estas enseñanzas implican, estudiemos lo
que Los Hechos y las epístolas enseñan sobre estos temas.
La Gracia
Hace poco, notamos que Juan había dicho que Cristo nos había
traído “gracia y verdad” (Jn. 1:14,17), y que habíamos recibido
“gracia sobre gracia” (v. 16). Pero, hagamos un estudio más cuidadoso
sobre la gracia.
La gracia es definida como: “la influencia divina en el corazón, y
sus reflejos en la vida” (Strong’s Exhaustive Concordance of the Bible [“Concordancia
Exhaustiva de la Biblia de Strong”]). La definición del diccionario
refleja el concepto bíblico de la gracia como: “Asistencia divina
inmerecida dada a los hombres para su regeneración o santificación”
(Webster Ninth New Collegiate Dictionary [“Nuevo diccionario noveno
de Webster para colegiales”]). Es un “favor inmerecido” y, a la vez, es mucho
más que eso.
La gracia regenera al pecador para que sea un santo. La salvación
nos es disponible por la gracia de Dios, la cual es asignada por fe. Pablo
escribió que somos: “… justificados gratuitamente por su gracia, mediante
la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como
propiciación por medio de la fe en su sangre” (Ro. 3:24,25; comp.
v. 26; 4:16; 5:2; Ef. 2:8). La ley mosaica no pudo justificar: “Por tanto,
es por fe, para que sea por gracia” que somos justificados (Ro. 4:16).
Después de Pablo haber tratado, en Romanos, sobre la justificación
por fe y gracia, él enfatizó el efecto que la fe hace en los
creyentes. Él hizo esto al responder a la pregunta: “… ¿Perseveraremos
en el pecado para que la gracia abunde?” (Ro. 6:1). Su respuesta fue: “En
ninguna manera. Por que los que hemos muerto al pecado, ¿cómo
viviremos en él? (v. 2). Él explicó que “… somos sepultados
juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo
resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en vida nueva” (v. 4). Y él continuó explicando:
“… nuestro viejo hombre [el yo] fue crucificado juntamente con él,
para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más
al pecado” (v. 6). Por esto “… el pecado no se enseñoreará
de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (v.
14). El capítulo 6 claramente nos muestra que la gracia es lo suficiente
poderosa como para producir vida nueva en los cristianos para que no vivan
en pecado.
La gracia produce un cambio en la persona, y si no hay cambio, es porque
tal persona no está bajo la gracia. Como Pablo escribió: “Porque
por gracia sois salvos por medio de la fe; ... es don de Dios; ... Porque
somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las
cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”
(Ef.. 2:8-10). La prueba de la gracia es un corazón cambiado que produce
buenas obras. Vemos este aspecto de la gracia asentuado en la carta de Pablo
a Tito: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación
… enseñandonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos,
vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, … nuestro gran Dios y
Salvador Jesucristo, … se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos
de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de
buenas obras” (Tit. 2:11-14; ver 3:4-8).
Hay muchas Escrituras que nos revelan cómo la gracia produce cambios
en el creyente. Notemos algunas de ellas:
La vida de Pablo es un impresionante ejemplo de la gracia en acción.
Él perseguía a los cristianos, pero la gracia lo desvió
por otro camino (Hch. 9). Jesús envió a Pablo a los gentiles:
“... para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la
luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban por la fe
que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados”
(Hch. 26:18). Pablo recibió la gracia necesaria para cumplir su misión.
Años más tarde, él escribió sobre esta gracia.
Es por Jesucristo, nuestro Señor que recibimos “… la gracia y el apostolado,
para la obediencia a la fe en todas las naciones” (Ro. 1:5). Él les
dijo a los corintios que él había ido a ellos “… con sencillez
y sinceridad de Dios, …con la gracia de Dios, …” (II Co. 1:12).
Pablo dijo que: “Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como
perito arquitecto puse el fundamento” para ayudar a construír esta
iglesia (I Co. 3:10). Él había perseguido a la iglesia, y dijo:
“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano
para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo,
sino la gracia de Dios que fue conmigo” (15:10). Pablo le explicó
a los efesios que Dios lo había hecho a él ministro del evangelio
“… por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación
de su poder” (Ef. 3:7). La gracia fue aquella fuerza que transformó
al perseguidor Saulo en Pablo –en un apóstol y siervo del Señor.
No fue sino la gracia de Dios que produjo en él la santidad de vida
que los hermanos podían ver.
Hay muchos ejemplos de cómo la función de la gracia afecta
a grandes multitudes de personas. En Antioquía, el evangelio fue predicado
a los gentiles, y: “… gran número creyó y se convirtió
al Señor” (Hch. 11:21). Cuando la iglesia de Jerusalén escuchó
esto, enviaron a Bernabé a investigar lo que había pasado.
Y cuando él “… llegó, y vio la gracia de Dios”, supo que Dios
estaba obrando entre ellos (v. 23).
En la conferencia que tuvieron en Jerusalén, cuyo propósito
era decidir qué relación tenían los judios con la ley,
Pedro declaró que el Espíritu Santo estaba: “… purificando
por la fe sus corazones [el de los gentiles] …” (Hech. 15:9). Y, entonces,
escribió: “… creemos que por la gracia del Señor Jesús
seremos salvos, de igual modo que ellos” (v. 11). Por esto podemos ver que
la limpieza y la gracia están íntimamente conectadas.
En Éfeso, Pablo cerró el discurso que le estaba dando
a un puñado de ancianos encomendándoles: “… a Dios, y a la
palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros” (Hch. 20:32).
Estos líderes no tenían que quedarse estancados; la gracia
era capaz de perfeccionarlos.
A los cristianos de Corinto, Pablo les escribió que él estaba
agradecido: “… por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús
...” para que fuesen enriquecidos (I Co. 1:4). Estos gentiles eran de descendencia
pagana, y por la gracia de Dios habían obtenido vidas nuevas y enriquecidas
como santos. Sí, la iglesia en Corinto tenía sus problemas,
pero los hermanos corintios debían encargarse de resolverlos y seguir
creciendo. Pablo les dijo: “… tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de
un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará
con vosotros. … La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y
la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (II
Co. 13:11,14).
Después de la caída, Dios no dejó al hombre en una condición
pecaminosa y sin esperanza. Gracias al amor de Dios, Cristo dio Su vida y
resucitó para justificarnos a todos. Hoy en día, todos podemos
recibir la misma gracia en nuestras vidas, y ser perdonados, y santificados,
y andar en vida nueva al igual que los discípulos de Jesucristo.
El Arrepentimiento
Hace poco, dijimos que Jesús enseñó sobre el arrepentimiento.
Ahora veamos cómo los apóstoles enseñaron sobre el arrepentimiento
y todo lo que incluye.
Cuando Pedro predicó su primer sermón, sus oyentes: “...se
compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles:
Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hch. 2:37). Él les
respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros
en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (v. 38). Y
en su segundo sermón, él predicó: “Así que, arrepentíos
y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (3:19). Algunas
Bíblias lo traducen: “dejen de pecar y vuelvan a obedecer a Dios”.
Luego, al explicar el significado de la muerte de Cristo, Pedro dijo: “A
éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador,
para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (5:31).
Cuando Simón le ofreció dinero a Pedro para comprarle los dones
de Dios -los cuales distinguían la Era Apostólica-, Pedro le
dijo: “... tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete,
pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado
el pensamiento de tu corazón” (8:21,22). Tanto el corazón
como las acciones de Simón necesitaban un cambio –él necesitaba
arrepentirse. El arrepentimiento no era sólo para Israel: “… ¡De
manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para
vida!” (Hch. 11:18). Pablo les dijo a los atenienses que Dios “… ahora
manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (17:30). A los
líderes de la iglesia de Éfeso, Pablo les testificó
acerca del “… arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor
Jesucristo” (20:21). Más tarde, cuando hablaba con el rey Agripa sobre
los gentiles, le dijo que les había predicado: “... que se arrepintiesen
y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento. (26:20).
En Romanos, Pablo escribió que el hombre no debe contar sólo
con la bondad, paciencia y tolerancia de Dios, para escapar de las consecuencias
del pecado. Como Pablo escribió, el hombre debe entender: “… que su
benignidad te guía al arrepentimiento” (Ro. 2:4). Nadie debe temer
el juicio, porque Dios, en Su bondad, está dispuesto a otorgarnos
arrepentimiento; si rechazamos las Buenas Nuevas seremos condenados.
Cuando uno ve lo que la santidad y bondad de Dios requiere, y reconoce su
propia pecaminosidad, debe apesadumbrarse. Y este apesadumbramiento debe
causar un contristamiento “… para arrepentimiento, ... Porque la tristeza
que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (II
Co. 7:9,10).
Pedro escribió sobre el juicio que, un día, todos enfrentaremos,
diciendo: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la
tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo
que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (II Pe.
3:9). El Señor es paciente, y desea que nadie perezca. Él está
misericordiosamente esperando que nos arrepintamos. El Día del Juicio
vendrá como un ladrón en la noche (v.10), y si alguien rechaza
el llamado de Dios al arrepentimiento, tendrá que sufrir las desastrosas
consecuencias.
La Fe
Con frecuencia, el Señor habló de la necesidad de creer que
Él es el Mesías, y de aceptar Sus enseñanzas. Ahora,
notemos cómo los discipulos, por la guía del Espíritu
Santo, entendieron el nombre “fe” y el verbo “creer”.
En primer lugar, veamos cómo el escritor de los Hebreos definió
la fe. Él escribe: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera,
la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1). “Por la fe entendemos
haber sido constituido el universo por la palabra de Dios” (v. 3). La palabra
griega “certeza”, en algunas versiones es traducida como “sustancia”. Hebreos
11:6 nos describe dos ingredientes de fe –que Dios existe y que galardonará
a los que Le buscan. La fe no es una ciega aceptación de la existencia
de Dios y/o Su palabra. La fe está fundada en los indicios cristianos,
pues, Dios nos ha dado suficientes razones para asegurarle al hombre de que
el cristianismo es verdadero. Por lo tanto, podemos saber que hay un Dios,
y podemos conocerle (Ro. 8:22; I Co. 1:5; Gá. 4:9; Ef. 1:17,18; Fil.
3:10; I Ti. 2:3,4; II Ti. 1:12; I Jn. 5:19). La Palabra escrita juega una
parte importantísima en el ser “renacidos, ... por la palabra de Dios
que vive y permanece para siempre” (I Pe. 1:23; comp. v. 25).
En el capítulo 11, el escritor a los Hebreos no está dando
una definición formal de la fe, sino más bien, está
hablando de algunas de sus características. Hebreos 11:6 indica que
el que Le busca debe tener fe o creer en Dios, aunque no Le haya visto. El
que Le busca también debe creer que Dios juzgará a todo el
mundo, pero que galardonará a los que Le buscan. Si al que busca le
faltan estos dos ingredientes de la fe, él no hará gran esfuerzo
en buscar la redención de Dios. Hebreos 11 nos da muchas ilustraciones
de la fe en acción.
Otro énfasis es que la fe es propia de la gracia, y la gracia produce
justificación: “Por tanto, es por fe, para que sea por gracia” que
somos justificados (Ro. 4:16). “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz
para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también
tenemos entrada por la fe a esta gracia, …” (5:1,2). Este énfasis
de la fe lo hallamos en muchos lugares (ver Gá. 2:16; Fil. 3:9; Ef.
2:8,9; He. 10:38,39; et al.).
El tema principal de Romanos es la justificación por la fe. “… [el]
evangelio, ... es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree;
.... en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como
está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Ro. 1:16,17).
En algunas versiones, la traducción de esta frase ha sido influenciada
por la traducción que Wycliffe hizo en el 1380 del texto en latín
de Habacuc 2:4. En Griego, literalmente dice: “Pero, el que es justo por
la fe vivirá” (comp. 1:17 ). La fe es un requisito porque nadie puede
redimirse a sí mismo por la obediencia a la ley: “… ya que por las
obras de la ley ningún ser humano será justificado delante
de él” (3:20; comp. 4:13-15). Pero: “… la justicia de Dios [es] por
medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (v.
22).
Otra cualidad de la fe es la confianza. El término griego pistis
, que traducido es “fe” significa “confiar”. Como podemos ver, la fe incluye
confiar en Dios, en Jesucristo, y en la Palabra de Dios. Esto incluye decir:
“… Yo confiaré en él. … para destruir por medio de la muerte
al que tenía el imperio de la muerte” (He. 2:13,14; comp. Ef. 1:12,13).
El Antiguo Testamento enfatiza la confianza, y una de sus figuras centrales,
Abraham, es un excelente ejemplo de la fe y la confianza en Dios. Por ejemplo,
cuando Abraham tenía noventa y nueve años y aún no tenía
hijo, Dios se le apareció y le dijo: “... serás padre de muchedumbre
de gentes” (Gn. 17:4). Aunque a Abraham, ya de noventa y nueve años
y sin hijo, le era difícil entender cómo Dios cumpliría
Su promesa, él creyó a Dios, y Dios fue fiel. Cuando Abraham
tenía cien años de edad, Sara le dio a luz “… un hijo en su
vejez” (Gn. 21:2,12).
La fe de Abraham en Dios fue probada más allá de cualquier
experiencia normal. Él había creído que el Señor
le daría una descendencia tan numerosa como las estrellas. Y cuando
el Señor le ordenó que llevara a su hijo Isaac a Moriah para
ofrecerlo como ofrenda quemada (Gn. 22:2), Abraham obedeció. Y ya
cuando Abraham iba a sacrificar a su hijo, un ángel del Señor
se le apareció y le ordenó que no tocara al niño, “...
porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu
único” (v. 12). Pablo usó el ejemplo de Abraham para ilustrar
la justificación por fe (Ro. 4; Gá. 3).
El confiar no es tener “fe” en algo desconocido. Es como Pablo escribió:
“... yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es
poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (II Ti. 1:12;
comp. Gá. 4:9; Ef. 1:17,18; I Ti. 2:4). La confianza está simentada
en el conocimiento basado en los milagros e indicios necesarios (Jn. 20:30,31).
El cristiano es capaz de conocer a Dios porque Él le da la gracia
y el conocimiento necesarios.
La fe también incluye todas las enseñanzas cristianas: “… confirmados
en la fe ...” (Col. 2:7); “… he guardado la fe …” (II Ti. 4:7); “… obedecían
a la fe” (Hch. 6:7; comp. Gá. 6:10; Ef. 4:5; I Ti. 4:1; et al.). Por
lo tanto, la fe incluye: el arrepentimiento, el nuevo nacimiento, y el discipulado.
Es decir, todas las verdades importantes. Así es que la fe refleja
el contenido total de las enseñanzas de Cristo.
El Nuevo Nacimiento
Como ya hemos dicho, el arrepentimiento incluye un cambio radical tanto de
la mente como del corazón. La gracia de Dios produce un arrepentimiento
que efectúa un “nuevo nacimiento”. Ya hemos notado que Cristo dijo
que: “... el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn.
3:3). Al explicar cómo uno puede nacer de nuevo, Jesús dijo
que: “... el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar
en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es
nacido del Espíritu, espíritu es” (vv. 5-6; comp. I P.
2:11).
En su epístola, Juan escribió dos veces sobre “ser nacido de
Dios”. Él escribió: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica
el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede
pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios,
y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su
hermano, no es de Dios” (I Jn. 3:9-10). Y casi al final del libro, él
escribió: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica
el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno
no le toca” (5:18). Si alguien es nacido de Dios, no Le desobedece con frecuencia.
Esto no quiere dejar dicho que aveces el cristiano no falla, pero cuando
esto sucede y: “… confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1:9). Dios
es siempre misericordioso y bondadoso para con Sus hijos. Y si fallamos,
Él nos perdona y nos limpia al confesar nuestros pecados.
Los escritos de Pablo nos ayudan a entender el nuevo nacimiento. Él
escribió que los que “… son de la carne piensan en las cosas de la
carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu
es vida y paz” (Ro. 8:5-6). Nuestros deseos carnales son producto de nuestra
heredada naturaleza pecaminosa. Luego, Pablo declara: “Mas vosotros no vivís
según la carne, sino según el Espíritu, si es que el
Espíritu de Dios mora en vosotros”. Y: “... si vivís conforme
a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis
morir las obras de la carne, viviréis” (vv. 9,13). El “hacer morir”
hace que la vida cese, es detener algo, es eliminar; por lo tanto, el cristiano
tiene un nuevo andar. El Espíritu le concede vida nueva.
Pablo le expresó lo mismo a otros. A los corintios, él les
escribió: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura
es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (II
Co. 5:17). A los efesios, les escribió que el cristiano es un: “…
nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”
(Ef. 4:24; comp. cap. 2). Por eso, el cristiano es restaurado a la posición
que tenía antes de la Caída, y llega a ser justo y santo. El
nuevo hombre “... conforme a la imagen del que lo creó se va renovando
hasta el conocimiento pleno” (Col. 3:10).
En la carta de Pablo a Tito, como ya hemos dicho, Pablo escribió que:
“... la gracia de Dios se ha manifestado para salvación … enseñándonos
que ... vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, ... aguardando
... [a] nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí
mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí
un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Titus 2:11-14; comp. 3:1-3). La
nueva vida en Cristo, por Su gracia transformadora, se diferencia, en gran
manera, a la vieja vida pecaminosa. Pero, ¿por qué el cambio?
Pablo escribió: “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios
nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, ... por
el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el
Espíritu Santo” (3:4,5). El cambio fue debido a la bondad, amor, y
misericordia de Dios; todo lo cual está en acción mientras
el Padre lo otorga.
“Regeneración” es la traducción del término griego palingenesias.
Es una palabra compuesta de palin, que significa “de nuevo”, y genesis, que
significa “nacer otra vez” o “nuevo nacimiento”. Esto es, el nacimiento espiritual
y moral de la persona. Es el resultado del “derramamiento” (vertir) del Espíritu
Santo en nosotros, a través de Jesucristo. El Espíritu Santo
es el agente que regenera y santifica la vida vieja e impía.
La terminología santificar significa “consagrar”, y esto se logra
por la obra del Espíritu Santo en la persona (Ro. 15:16; II Tes. 2:13;
I P. 1:2). La meta de la redención que Jesucristo nos ha traído
es el que seamos santificados (Jn. 17:17, 19; I Co. 1:2, 30; 6:11; Ef. 5:26-27;
comp. 4:23-24; I Tes. 4:3; 5:23; He. 2:11; 10:10; Jud. 1). La redención
nos libra del pecado y nos lleva a una vida santa. (Ro. 6:19, 22; II Co.
7:1; Ef.1:4; I Tes. 3:11; 4:7; He. 12:10; 12:14; I P. 1:15,16).
Pedro escribió: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia
a la verdad, mediante el Espíritu ... siendo renacidos, no de simiente
corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios …” (I P. 1:22,23).
Y siguió escribiendo: “... como niños recién nacidos,
[tomad] la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis
para salvación” (2:2). Aunque el cristiano es sometido a un nuevo
nacimiento radical, como bebé recien nacido todavía necesita
seguir creciendo en Cristo.
El Discipulado
El nuevo nacimiento nos lleva al discipulado. Y, como ya hemos dicho, el
discípulo es un aprendiz, un alumno, un seguidor, un principiante,
un seguidor, etc. Los discípulos de Cristo siempre deben estar entregados
a las enseñanzas de Cristo, y dispuestos a seguir el estilo de vida
que Él quiere que vivan. Como ya hemos visto, Jesús con frecuencia
les predicaba a sus discípulos todo el evangelio. En los evangelios,
la palabra discípulo(s) se usa más de 220 veces, y en Hechos,
la terminología se usa unas 30 veces, dando a entender que esta terminología
era usada con frecuencia por la iglesia. Pero es interesante notar
que la palabra discípulo, o cualquier otra forma de la palabra griega
mathetes, no es usada en el resto del Nuevo Testamento. No sabemos el porqué.
En el uso ordinario del idioma griego, mathetes se usa para los aprendices
que tienen contacto directo con su instructor.
Por lo tanto, hace referencia directa al estado de los seguidores de Cristo
mientras Él estaba en la tierra. Pero, en otro sentido, nosotros,
los que no hemos conocido a Cristo en la carne, somos sus discípulos
también. Y, en griego, sería raro el que nos llamen “discípulos”,
a menos que ampliemos su uso un tanto. Sin embargo, en Hechos, la terminología
es ampliada de acuerdo a la palabra hebrea talmid, que es “alumno, seguidor,
una persona fiel a cierta tradición”. Un talmid chachamim es un alumno
de un sabio, es decir, alguien fiel a las tradiciones que le han pasado .
Nuestro concepto del discipulado se deriva de las Escrituras, pero no está
exclusivamente basado en el uso bíblico de la palabra. Resume, hermosamente,
lo que el cristiano es. Y, por lo tanto, lo podemos usar como parte de nuestra
terminología moderna.
No es de sorprenderse que la palabra discípulo no sea usada en las
epístolas porque ellas son dirigidas a cristianos “llamados
a ser santos” (Ro. 1:7; I Co. 1:2; comp. Ef. 1:1; 2:19; 4:12). La terminología
santo, es usada más de 60 veces en las epístolas. En los Evangelios
es usada una vez para hablar de aquellos “santos” del Antiguo Convenio que
salieron de los sepulcros cuando Cristo murió (Mt. 27:52). Junto con
la palabra santo(s), los términos creyente (Hch. 5:14; I Ti. 4:12)
e iglesia(s) [117 veces] son usados.
En estas palabras, el significado abstracto de la palabra discípulo,
está repleto de términos que se refieren a nuestro estado ante
Dios y nuestra misión en este mundo. Discipulado es la palabra que
incluye todos estos significados en un término (teológico,
no bíblico). También se refiere, con más exactitud,
a cómo los de afuera nos podrían llamar: seguidores de Cristo
-sus discípulos. Esa es la base para su uso en Hechos. En el lenguaje
religioso del primer siglo, una palabra ordinaria se usa para describir varios
elementos particulares de Jesucristo, el cual es el Maestro (sufrir con Él,
etc.). Pero, tenemos el derecho de usarla en un sentido “que no sea bíblico”,
como palabra clave para expresar el significado de ser fiel.
Aunque la palabra “discípulo” no se halle en las Epístolas,
el concepto está invariablemente presente. El término “seguir”
y sus variantes, así como “caminar”, “caminos”, son frecuentemente
usados en las Epístolas. Pablo escribe, indirectamente, sobre eseguir
a Cristo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (I
Co. 11:1); “… mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas
partes y en todas las iglesias” (4:17); “Sed, pues, imitadores de Dios ...,
andad en amor, como también Cristo nos amó” (Ef. 5:1,2); “…
andad como hijos de luz” (v. 8); “Mirad, pues, con diligencia cómo
andéis” (v. 15); “… de la manera que habéis recibido al Señor
Jesucristo, andad en él” (Col. 2:6); “... os rogamos y exhortamos
en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros
cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis
más y más” (I Tes. 4:1).
Pedro es más directo: “... porque también Cristo padeció
por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas”
(I P. 2:21). Y Juan escribe: “El que dice que permanece en él [en
Cristo], debe andar como él anduvo” (I Jn. 2:6); “…andamos en luz
...” (I John 7); “… andemos según sus mandamientos” (II Jn. 1:6).
“…mis hijos andan en la verdad” (III John 4; comp. 3).
Pablo escribió: “… vestíos del Señor Jesucristo …” (Ro.
13:14). Él también escribió que debemos llevarnos bien
con nuestros prójimos y que seamos de un mismo sentir “… según
Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis
al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 15:5,6). Pablo,
de su propia experiencia, concluyó: “Con Cristo estoy juntamente crucificado,
y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí ...” (Gá. 2:20). Él
también escribe de la intimidad que los cristianos deben tener con
el Señor: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también
en Cristo Jesús” (Fil. 2:5); Porque todos vosotros sois hijos de luz
e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas” (I Tes.
5:5).
Las epístolas nos dan muchas referencias del discipulado. También
hay muchas Escrituras que se refieren al señorío de Jesucristo
y a nuestra vida “en Cristo”; esto incluye el concepto del discipulado.
El Arrepentimiento, La Fe, El Nuevo Nacimiento, y el Discipulado
El arrepentimiento, la fe, el nuevo nacimiento, y el discipulado son indispensables
para la salvación. Sería fatal el creer que con una sola de
estas condiciones bastaría. Todas son importantes y todas están
muy estrechamente interrelacionadas. Si el pecador verdaderamente cree...,
se arrepentirá de corazón. Y para poder arrepentirse debe tener
fe; de otro modo, no podría hacerlo. El arrepentimiento indica que
ya él ha dejado de rebelarse contra Dios. Y este cambio de mente y
espírituse requiere del nuevo nacimiento. Y al nacer de nuevo, el
cristiano llega a ser un discípulo de Jesucristo.
Aunque el arrepentimiento, la fe, el nuevo nacimiento, y el
discipulado son conceptos distintivos, trabajan juntos para contribuir a
la salvación. Y no pueden ser divididos en una serie de pasos que
se dan uno a la vez. Ellos acontecen juntos, aunque en diferentes grados.
La santificación y el crecimiento son aspectos de la
vida cristiana. Pero, hoy día, hay muchos que creen que la única
condición indispensable para la salvación es un asentimiento
intelectual de fe en Cristo. Ellos malinterpretan la declaración de
Pablo: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe” (Ef. 2:8; comp.
Ro. 3:28). Ellos elevan esta declaración sobre todas las demás
y creen que no hay necesidad de arrepentimiento, del nuevo nacimiento, ni
del discipulado. Ellos dicen que la salvación es solamente porla fe.
Pero la salvación es sólo por la gracia. No es sino por la
gracia de Dios que nos arrepentimos, creemos en Cristo, nacemos de nuevo,
y llegamos a ser discípulos del Señor.
Los que malentienden los escritos de Pablo sobre la “justificación
por la fe” no piensan en la lucha que la iglesia primitiva tuvo con el asunto
de guardar la ley mosaica. Y Jesús explicó que: “La ley y los
profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado” (Lc.
16:16). En el Sermón del Monte, Él nos enseñó
que la ley ya había cumplido su propósito (Mt. 5:17-18), y
que ahora es reemplazada por las buenas nuevas del reino de Dios. Juan, también,
nota este cambio y hace una clara distinción entre ambas: “Pues la
ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron
por medio de Jesucristo” (Jn. 1:17). En Romanos, Pablo nos explica el propósito
de la ley y de la gracia. La ley estableció una norma de santidad
que nadie podía guardar, para que: “… todo el mundo quede bajo el
juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será
justificado delante de él ...” (Ro. 3:19,20). La ley, no la justificación,
trajo el conocimiento del pecado. Pero, ahora, los hombres podemos ser “…
justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que
es en Cristo Jesús” (v. 24; ver 3:9-31).
Muchas de las epístolas del Nuevo Testamento fueron escritas para
mostrar que no era necesario el que los cristianos guardaran la ley mosaica
para ser salvos. Y, hoy, al estudiar estos libros, debemos mantener esto
en mente. El énfasis que Romanos, Gálatas, y Hebreos ponen
en la justificación por fe tiene que ver con la relación que
el Antiguo Convenio tiene con el Nuevo Convenio (Ro. 3:21; 9:30-32; Gá.
3:10-14, 23-24; He. 8:13; 9:15; 10:1; Hch. 13:38-39). Este énfasis
en la fe no quiere dejar dicho que el arrepentimiento, el nuevo nacimiento,
ni el discipulado no sean indispensables. Con frecuencia, cuando estos libros
hablan de la fe, estas otras enseñanzas son consideradas como un aspecto
de fe o resultados indispensables de la fe.
Y si el lector duda de que el cristiano deba dejar de pecar, entonces debe
estudiar Romanos 6. Este libro, que trata sobre la “justificación
por la fe”, tiene unas de las enseñanzas más convincentes que
indican que el cristiano debe andar en “vida nueva” (Ro. 6), y no tener nada
que ver con el pecado. También debe estudiar Efesios, para que vea
que las buenas obras tienen su lugar, pues los cristianos “… somos hechura
suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó
de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef. 2:10).
¡SOLI DEO GLORIA!
Leland M. Haines
Richard del Cristo
English draft: (29-4-03)

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